

El tenis de 2025 es un laboratorio de cambio acelerado: estrellas jóvenes con golpes de PlayStation, veteranos que reinventan el oficio, cámaras que cantan líneas y algoritmos que corrigen biomecánica en tiempo real. Pero, en su esencia, sigue siendo el duelo más solitario del deporte: un individuo, una raqueta y un cerebro que debe decidir en milésimas. Ninguna IA ejecutará el drop-shot decisivo cuando tiemblan las piernas.
Para Chile la oportunidad es enorme: hay talento, hay historia, hay público. Falta la capa intermedia: más torneos de base, más respaldo privado y un plan federativo que trascienda ciclos políticos. Si lo conseguimos, en la próxima década podríamos pasar de celebrar puntos aislados a pelear Copa Davis A-Group y poner otra raqueta femenina en el Top 100.
Hasta entonces, sigamos afinando revés y derecho: la cancha —como siempre— premia al que se atreve a subir a la red cuando el momento quema.