


La temporada 2025 ha confirmado el relevo generacional que se perfilaba desde 2022. Jannik Sinner lidera el ranking con más de 11 mil puntos –una holgura impensada en la era del “Big 3”– gracias a su regularidad feroz en dura y arcilla. Alexander Zverev y Carlos Alcaraz completan un podio cuyo promedio de edad apenas supera los 23 años. Diario AS
Las leyendas se niegan, eso sí, a entregar el cetro sin pelear. Novak Djokovic, a los 37, ha optado por un calendario reducido que prioriza los Grand Slams y lo mantiene aún dentro del Top 10; su experiencia compite contra “la estadística”: cada vez es más difícil sostener un cuerpo élite con seis horas de entrenamiento diario y más de 20 años de tour. El serbio –como Rafael Nadal el curso anterior– administra su energía como un tesoro de oro líquido.
En la WTA la película es parecida, pero con libreto propio. Iga Świątek y Aryna Sabalenka intercambian el 1-2 con un tenis de potencia sin renunciar a los ángulos, mientras Coco Gauff y Elena Rybakina demuestran que el futuro es ahora. La igualdad de premios en los Slams y la aplicación universal del electronic line-calling en 2025 son hitos que refuerzan la proyección comercial del circuito femenino.

Arbitraje automático 100 %: tras las pruebas exitosas de Hawkeye Live en las ATP Next Gen Finals, Roland Garros 2025 estrenará el sistema en arcilla, eliminando el rito de la “marca” que tanto amamos (u odiamos).
IA en la esquina: varias academias europeas trabajan con modelos predictivos que analizan la biomecánica cuadro por cuadro y sugieren micro-ajustes en el grip o el stance.
Sostenibilidad: US Open instalará paneles solares en Arthur Ashe para cubrir el 20 % de su consumo eléctrico.
Derechos audiovisuales: la fusión de dos streamers deportivos (acuerdo que se anunciará en junio) promete unificar ATP, WTA y Copa Davis bajo un season pass. El negocio se expande, pero la fragmentación previa ya había alejado a parte del público casual.
En otras palabras, el tenis vive un delicado equilibrio entre tradición y disrupción. La pregunta inevitable es: ¿la innovación acerca o distancia al aficionado de siempre?

El ranking actualizado del 5 de mayo encendió tanto alarmas como esperanzas: Alejandro Tabilo cayó al puesto #42, pero mantiene el estatus de primera raqueta; Nicolás Jarry subió al #54 y defiende los 650 puntos de la final de Roma. Emol
Los retos inmediatos:
Puntos que queman – Jarry debe sumar durante la gira europea de arcilla para no volver a terreno de nadie; Tabilo necesita al menos una cuarta ronda en Roland Garros para frenar el retroceso.
Profesionalizar la base – El salto de Barrios, Soto y los juniors se estanca ante la falta de torneos Futures en Chile. El circuito local organizado por la Federación ofrece apenas seis certámenes ITF varones y dos femeninos en 2025: insuficiente para fogueo constante.
Tenis femenino – Con Daniela Seguel fuera del Top 800 tras su cirugía, las nuevas generaciones (Fernanda Labraña, Ivania Martinich) cargan la bandera sin apoyo estructural.
Sin embargo, hay señales positivas: la franquicia ATP 250 de Santiago cumplió su sexto año con récord de asistentes y patrocinadores; la WTA 125 disputada a la semana siguiente demostró que existe público para el tenis femenino si se crea un producto atractivo. Y a nivel social, el tenis en silla de ruedas disfruta de su mejor momento gracias al ascenso al Top 15 de Macarena Cabrillana.

Detrás del brillo, la temporada se ha convertido en una maratón de 11 meses, 200 días en hoteles y aviones, fusos horarios que rompen biorritmos. Los retiros prematuros de Ash Barty y Garbiñe Muguruza fueron campanazos de alerta. Y aunque la ATP introdujo las “protected weeks” (descansos obligatorios) para Top 100, el reglamento permite a los torneos penalizar al jugador que se baje con poca antelación. Resultado: los tenistas alternan fatiga y culpa.
Coach y ex-jugador David Nabaldian lo resumía hace poco: “El día libre se ocupa en media day, no en descansar. Hoy se compite lunes y se vende martes”. La necesidad de repensar el calendario –tal vez fusionar algunos Masters 1000 con WTA 1000 en sedes conjuntas y limitar las superficies– ya no es un capricho, sino un imperativo sanitario.